Año VIII - Número 44
Actualizado a 29/05/2011
Vicente Blasco Ibáñez
El general Pavía
Así acabaron las Cortes constituyentes de la República.
Lo que jamás se había visto en tiempos de monarquía, bajo el imperio de reyes absolutos, ocurrió gobernando España D. Emilio Castelar, el cantor de la libertad, el defensor de los derechos populares, el eterno anatematizador de la fuerza.
Antes de verse reemplazado en la presidencia de la República, Castelar quiso que ésta muriera sacrificada en aras de las clases conservadoras que le adulaban burlescamente, llamándole el grande hombre de Estado; y para ello fue a buscar auxilio en las cuadras de los cuarteles.
Una manada de reclutas ebrios, mandados por un general falto de prestigio y sin otra fama que la reservada a los personajes grotescos y pretenciosos, fueron suficientes para matar a aquella Asamblea de la que el país esperaba tanto.
El ejército se deshonró, procediendo como una banda de pretorianos indignos de ser mantenidos por la nación cuya voluntad asesinaban traidoramente; y en cuanto a los diputados, demostraron con su debilidad que están ya muy lejos los tiempos en que los viejos senadores de la República romana recibían sentados en sus sillas de marfil a los invasores galos, y con impasibilidad olímpica propia de los dioses, convencidos de la misión solemne que cumplían, se dejaban degollar antes que abandonar sus puestos.
La opinión no se engañó al designar a los autores del atentado.
Todos señalaron a Castelar como cómplice de tan miserable hazaña, y el eminente Gambetta, al recibirse en París la noticia, exclamó:
-Castelar es un traidor o un imbécil, y en uno u otro caso queda incapacitado para siempre para gobernar.
Cuando los soldados de Pavía penetraban en el salón de sesiones, Castelar, procediendo como un redomado hipócrita o asustado por la audacia de sus colaboradores exclamó en tono compungido:
-¿Quién había de suponer que se cometiera este atentado?
-Cualquiera, menos usted ?contestó despreciativamente Pi y Margall que estaba a sus espaldas.
Tan censurable como fue el atentado de los conspiradores, resultó la imprevisión de los interesados en el sostenimiento de la República.
Salmerón, presidente de la Asamblea, sabía por algunos amigos militares el golpe que preparaba Pavía; pero el ilustre filósofo, cegado por la rectitud de su conciencia, confiaba en la fidelidad del ejército y no tomó precaución alguna.
Lo más vergonzoso en el golpe de Estado, fue la apática indiferencia con que lo presenció el país.
Las masas populares, la milicia republicana de Madrid, mostró deseos de resistencia, impulsos de defender la legalidad, pero le faltó un hombre de prestigio y de energía que convocase a las fuerzas ciudadanas y poniéndose a su frente batiese a los pretorianos que mandaba Pavía.
Zaragoza se levantó en armas, protestando contra el golpe de Estado; el Xich de las barraquetas se sublevó en Sarriá contra el gobierno del 3 de enero, pero ya era demasiado tarde.
Para salvar a la República la protesta popular debía haber surgido en las calles de la capital en el mismo instante de realizarse el atentado.
La república quedó indefensa en Madrid, a pesar de que tenía elementos sobrados para resistir.
Tanto habían gritado ¡Orden!
los principales republicanos, que al fin consiguieron su deseo. El orden que impusieron al pueblo, resultó la calma y la profunda paz de la tumba; y cuando fue preciso que la República se defendiese, vieron con dolor que ésta era ya un cadáver.
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