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Arte y Libertad

Año VIII - Número 44

Actualizado a 29/05/2011

II. Presidencia de Castelar

Vicente Blasco Ibáñez

Emilio Castelar

Emilio Castelar

Apenas el célebre orador ocupó el poder, suspendió las sesiones de la Asamblea, que no debían reanudarse hasta el 2 de enero de 1874.

Verificándose dicha suspensión el 20 de septiembre, quedaba a Castelar un plazo de 104 días para enfrentar la demagogia y las hordas del absolutismo, como él decía en sus pintorescos discursos.

La Asamblea sólo debía reunirse ya para morir deshonrada.

La dictadura que solicitaba Pi y Margall para salvar la República por procedimientos revolucionarios y en beneficio del pueblo, la tuvo Castelar, y bajo su gobierno vióse cómo caminaba aceleradamente al abismo de su ruina la popular forma de gobierno.

La reacción no se inició en el golpe de estado del 3 de enero, sino que se mostró en toda su repugnante grandeza desde el momento en que Castelar, libre ya de las censuras de las Cortes, gobernó a su antojo.

Apenas el célebre orador ocupó la presidencia regresaron a Madrid todos los monárquicos que, fugitivos desde el fracaso del 23 de abril, conspiraban desde Francia contra la República. Conocedores de la desordenada vanidad y de la falta de fijeza de las ideas que caracterizaban a Castelar, halagaron sus instintos dictatoriales, convenciéndole fácilmente de que debía trabajar por que la República se cimentara en el apoyo de las clases privilegiadas, haciendo caso omiso del pueblo. Sagasta, Serrano, Olózaga, Martos y otros enemigos de la República, fueron sus consejeros favoritos, convirtiéndose su gobierno en azote de los republicanos y protector benévolo de los monárquicos.

Todos los militares enemigos de la República, fueron colocados en los primeros puestos del ejército; y los que eran alfonsinos merecían especial predilección. Cevallos y González Iscar ascendieron a tenientes generales; pavía fue confirmado en la capitanía general de Madrid; y Moriones, Turón y Martínez Campos, recibieron el nombramiento de generales en jefe del Norte, Cataluña y Centro. Tanto afán mostraba Castelar por ensalzar a generales enemigos de la República, que reconoció grados, empleos y honores a Novaliches, Calonge, Gasset y otros caudillos isabelinos que se habían opuesto a la revolución de septiembre. Primo de Rivera, que todos sabían conspiraba a favor de la restauración borbónica, quedó nombrado comandante general de Navarra; y Jovellar, que era menos reaccionario, fue enviado de capitán general a Cuba. A estas disposiciones iban unidas otras, encaminadas a hacer antipática la República en el ejército y a favorecer el triunfo de la restauración, sirviendo Castelar de cándido instrumento al general Sánchez Bregua, quien algún tiempo después tuvo el impudor de afirmar que desde el ministerio de la Guerra había hecho más a favor de Alfonso XII, que Pavía con el infame golpe de Estado.

Castelar aspiraba a ser el González Bravo de la República. Valiéndose de la suspensión de las garantías constitucionales y de haberse puesto en vigor la ley de orden público del año 70, perseguía con gran saña a los diarios republicanos, ofendido por los justos ataques que éstos le dirigían. Todos los procedimientos empleados contra la prensa por los gobiernos más reaccionarios de Isabel II, los imitó Castelar, multando a los periódicos republicanos, suspendiendo su publicación, encarcelando a los directores y hasta deportando a los operarios de las imprentas.

Tal vez al dictar estas disposiciones tiránicas sintiera Castelar remordimientos en su conciencia y pensara avergonzado en el tribuno entusiasta que en 1869 predicaba el derecho de insurrección contra gobiernos más liberales que el suyo; pero en torno de él estaban para consolarle con burlescas alabanzas los conspiradores monárquicos que, llamándole el más grande hombre de Estado del siglo, lo manejaban a su gusto.

Castelar se arrojaba con gran cariño en los brazos de los conservadores, sin ver que éstos, en vez de corresponderle con su adhesión, se envalentonaban e iban organizándose.

Tan desacertada y loca era su conducta, que excitaba de mil modos la susceptibilidad de los voluntarios republicanos, y únicamente pensaba en tomar precauciones para combatir a la demagogia de Madrid, o sea al mismo pueblo honrado y entusiasta que meses antes aplaudía frenético al célebre tribuno cuando aún no había iniciado su apostasía.

Sin motivo justificado acumuló en Madrid 12.000 hombres, dando con esto fuerza a los generales monárquicos que los mandaban; y hablábase públicamente de que Pavía, como capitán general de Madrid, había conferenciado con Castelar, asegurándole, que si en la primera sesión que celebraría la Asamblea el 2 de enero era derrotada su política reaccionaria, él disolvería las Cortes a viva fuerza para salvar la sociedad amenazada por la demagogia.

El Gobierno no ocultaba sus proyectos de golpe de estado. El contralmirante Oreiro, ministro de Marina, le decía a un diputado federal perteneciente a la Armada:

-Es inútil que triunféis por los votos cuando se abra la Asamblea, porque en ese caso triunfaremos nosotros por las armas.

Llegó el 2 de enero, y con él la primera sesión de la segunda legislatura de la Asamblea constituyente.

Público es lo que ocurrió en aquella sesión.

Los diputados que realmente eran republicanos, indignados por la conducta que había observado Castelar durante el interregno parlamentario, dirigiéndole justas censuras, legítimos apóstrofes, a los que contestó el gran apóstata con un discurso, acabado modelo de inconsecuencia, de cinismo político.

En una hora de oratoria, Castelar pisoteó su glorioso pasado, arrojó la máscara, mostrándose tal como era y como es hoy; un ambicioso de grandes facultades, maestro en el arte de halagar rastreramente a las masas, para insultarlas después desde la altura.

La Asamblea dio un voto de censura al Gobierno de Castelar, y éste y los ministros presentaron sus dimisiones.

Eran las cinco y media de la mañana del 3 de enero.

La Cámara estaba fatigada por tan larga deliberación, y la sesión suspendióse por veinte minutos, para que los diputados se pusieran de acuerdo, votando un nuevo presidente de la República. La opinión de la mayoría inclinábase a favor de D. Eduardo Palanca, político simpático por su desinterés y por haber permanecido ajeno a las luchas parlamentarias a causa de su falta de ambición, pues siendo un elegante orador, de fácil y elocuente palabra, guardaba un modesto silencio.

Mientras tanto, la conspiración reaccionaria organizábase fuera de la Cámara. El mismo ministro de la Guerra enviaba avisos a Pavía de la marcha de la sesión, y el inicuo golpe se decidió cuando Castelar quedó convencido de que se escapaba para siempre el poder y de que la República iba a despojarse de la feroz y grotesca dictadura que él le había impuesto.

Al amanecer, Pavía sacó los regimientos a la calle, y tocando las músicas pasos de ataque, marchó la guarnición hacia el palacio de las Cortes, como si se tratara de la conquista de una plaza fuerte.

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