Año VIII - Número 44
Actualizado a 29/05/2011
Tres de enero de 1874
Vicente Blasco Ibáñez
Francisco Pí y Margall
Tres de enero de 1874
La República se estableció en España por sorpresa y no por su triunfo.
Los prohombres del republicanismo, los grandes oradores, los populares propagandistas, fueron los primeros en experimentar honda sorpresa, cuando en la mañana del 11 de febrero vieron que iban a realizarse sus ilusiones políticas, no por el esfuerzo del pueblo, sino por la voluntaria retirada de un rey que estaba convencido del poco arraigo que tenía en el país y por el desconcierto que su dimisión produjo en sus partidarios.
Obra de una combinación parlamentaria, hija más de lo imperioso de las circunstancias que de la lógica de los hechos, la República de 1873 no fue el fruto fresco y sazonado que se arranca del árbol con mano fuerte para que luzca sus brillantes colores y embriague con sus gratos perfumes, sino el fruto maduro en demasía, que cansado de esperar, cayó al fin medio podrido sin que pudiera utilizarse.
La República vino a España en las más difíciles circunstancias. La nación estaba cansada por un largo periodo de agitaciones; el pueblo había gastado todas sus energías en las luchas que siguieron a la revolución de septiembre, tan estériles como costosas.
Establecida la República a raíz del destronamiento de Isabel II, hubiese prosperado y aún viviría hoy a despecho de las conspiraciones reaccionarias. En 1868 el pueblo español mostraba esa exuberancia de fe y energía propia de la infancia política; la decepción y el engaño no habían pervertido a los tibios ni asustado a los débiles.
El país se hallaba en estado próspero, la nación tenía dinero y toda España sentía el ansia de empresas grandes, de las conquistas políticas trascendentales: movimiento generoso y sublime que se nota siempre en todo pueblo que despierta.
Pero los hombres de la revolución de septiembre eran falsos revolucionarios, ansiosos únicamente de poder, y que querían conservar la esencia de lo existente cambiando únicamente el nombre. Hicieron al país el gran servicio de derribar una monarquía inmoral, corruptora y estúpidamente tiránica; pero cuando llegó la hora de las reformas, cuando tuvieron por mandato del país que llevar hasta en sus últimas consecuencias la palabra libertad que continuamente tenían en los labios, en vez de seguir las aspiraciones populares que iban encaminadas a la República, defendieron tenazmente la continuación del régimen monárquico, aunque tuvieran para ello que atentar a la dignidad nacional, yendo por toda Europa de corte en corte solicitando como limosna un rey que quisiera regir un pueblo que odiaba las testas coronadas.
El entronizamiento de la casa de Saboya en España, fue el fracaso de la revolución.
El pueblo perdió su fe al apreciar el nulo resultado político de aquel movimiento que, nacido en Cádiz, se afirmó en Alcolea; surgió la protesta federal del 69, ahogada en sangre en las calles de las más importantes poblaciones; el partido carlista, viendo levantarse un nuevo trono y que éste no lo ocupaba su ídolo apeló a las armas, comenzando una larga y ruinosa guerra civil; los hijos de Cuba, considerando que como representación de la libertad aclamada en la metrópoli sólo llegaban capitanes generales tan déspotas y arbitrarios como los de Isabel II, levantaron la bandera del separatismo; el Tesoro gastó todas sus existencias, contrayendo nuevas deudas, y el ejército y el pueblo, tan fraternalmente unido en las jornadas del 68, tratáronse con sorda e implacable hostilidad, viendo surgir entre ellos la revolucionaria barricada, que era el último valuarte de la resistencia popular y el obstáculo con que tropezaban los gobiernos setembrinos y con el pretendían justificar todos los atentados contra la libertad.
En estas circunstancias, agotadas las energía populares, en pleno escepticismo nacional, surgió la República del 73 por sorpresa. El monarca advenedizo abandonó un país donde el más absoluto vacío era el eterno compañero de su autoridad. Monárquicos y republicanos aclamaron la República unidos no por el común entusiasmo, sino por lo imperioso de las circunstancias. Unos y otros juraron ser fieles a la nueva forma de gobierno; y al día siguiente, los monárquicos de la víspera, los que desempeñaban carteras bajo la presidencia de Figueras, como las habían desempeñado en el reinado de Amadeo, estaban ya conspirando contra la República, trabajando para que ésta fuera un régimen de castas, en el cual el poder se vinculase en manos de los resellados, de los que había gritado ¡viva el rey! Meses antes, con exclusión absoluta de los republicanos de historia que tanto habían trabajado en la propaganda del evangelio democrático.
Consecuencia de este dualismo insostenible que latía en el seno de la joven República, fue la intentona reaccionaria del 23 de abril y la ruptura completa de relaciones entre los republicanos antiguos y el elemento advenedizo que quería usufructuar el beneficio propio el nuevo régimen.
Quedaron solos los republicanos para salvar su obra.
Nunca en la historia de nuestra patria se ha visto una situación tan difícil y erizada de peligros. El ejército estaba insubordinado por el ejemplo de los generales reaccionarios, que para acelerar la restauración de los Borbones, apelaban a los procedimientos más infames; el Tesoro se hallaba exhausto, cuando tanto dinero se necesitaba para atender a las necesidades de dos guerras civiles; reuníase una Asamblea constituyente, presa siempre de nerviosas inquietudes y de injustificados recelos; los grandes hombres del partido republicano, víctimas inconscientes de maquiavélicos manejos, tratábanse con sorda hostilidad; el Poder convertía en enemigos a los que antes se unían y compenetraban por la fraternidad de la propaganda y de los comunes intereses; y para colmo de desventuras, carecíase de energía y la indecisión era la eterna norma de los gobiernos republicanos. La situación demandaba actos enérgicos y sólo se sabía hacer discursos; la furia iconoclasta dominaba a la Asamblea constituyente; caían los ministerios por un simple capricho de aquella masa parlamentaria, conmovida por nerviosas susceptibilidades, por corrientes destructoras de misterioso origen; creíase que bastaba con cambiar de personas en el gobierno, cuando la situación demandaba arranques viriles, actos de dictatorial energía, como los de la famosa Convención; y en vez de encauzar el entusiasmo del pueblo, de excitar sus iniciativas para el sostenimiento de la República, los hombres de la nueva situación sólo sabían pedir a gritos el orden, como si el menor movimiento popular fuese a derrumbar la República.
Figueras huía abandonando la primera magistratura de la nación; Pi y Margall, por un escrúpulo de excesiva legalidad, no aprovechaba las circunstancias favorables que trajo consigo el 23 de abril y que pusieron en sus manos la dictadura revolucionaria y después, ante una Asamblea levantisca e inconsecuente en sus actos, pedía la misma dictadura tan necesaria, alcanzándola para que se la quitasen al día siguiente; Salmerón subía al poder teniendo que luchar con una nueva guerra civil, el cantón de Cartagena y dimitía poco después por preocupaciones de filósofo, o más bien reconociendo su impotencia y triunfaba por fin Castelar, la ambición desmedida, la intención oculta y maquiavélica, que para provecho propio había introducido en la Asamblea la división de grupos, la lucha de bandería, enemistando a los gobernantes para hacerse por fin dueño absoluto de la República, sin miedo a las influencias de los anteriores presidentes a los que en público llamaba sus amigos y en su interior consideraba como rivales.
El movimiento cantonal era cada vez más imponente.
Al constituirse la Asamblea, el venerable Orense, con aprobación de todos los diputados, había proclamado la consubstancialidad del federalismo con la República, y después habían pasado los meses sin que la Cámara mostrase el menor interés en dar forma federal al régimen republicano.
Consecuencia lógica de tan impremeditado arranque de entusiasmo, seguido de lamentable indiferencia, fue la protesta cantonal de los elementos más avanzados.
No puede justificarse la conducta de los impacientes que crearon nuevas dificultades a la República con el establecimiento de los cantones.
Estos contribuyeron poderosamente a la caída del gobierno republicano, pero no es menos cierto que más culpables que los cantonales fueron los legisladores que proclamaron el sistema federal sin estar dispuestos a llevarlo a la práctica inmediatamente, pues con su ligereza excitaron las pasiones de unos y se atrajeron la indignación de otros.
Tal era la situación de la República española antes del golpe de Estado inicuo con que terminó su azarosa vida.
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