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Arte y Libertad

Año VIII - Número 43

Actualizado a 29/05/2011

ADIÓS A EMMA PENELLA

Montse Fayos

A menudo sucede que una frase dicha a tiempo en un momento de máxima audiencia en televisión engulle a todo un personaje y lo trivializa, dejando a un lado la trayectoria o incluso el talento que pueda tener la persona en cuestión. Le ocurrió, como recordamos en estas páginas, a Francisco Umbral con he venido a hablar de mi libro, a Fernan-Gómez con váyase usted a la mierda y también a la gran Emma Penella, que fallecía el pasado mes de agosto. Si preguntamos a las generaciones más jóvenes quién era Emma Penella la mayoría no lo sabrán pero si se les dice aquello de ¡váyase, señor Cuesta! todos asentirán y soltarán una carcajada.

Emma Penella se había hecho famosa en los últimos tiempos gracias a la televisión pero siempre fue una gran dama del cine y del teatro. Una voz personalísima y una impactante presencia eran sus señas de identidad, aunque al inicio de su carrera era una preciosa jovencita que actuó en filmes de Luis Lucía o Eduardo García Maroto, y en montajes teatrales que reafirmaron su potencial como actriz. Centrada en el cine, participó en El verdugo de Berlanga y otras producciones de prestigio, que le reportaron siempre excelentes críticas y varios premios. Alejada durante un tiempo de la interpretación para dedicarse a su familia, Penella volvió en 1986 de la mano de Eloy de la Iglesia, en La estanquera de Vallecas, un impresionante trabajo en el que ya apuntaba las maneras del personaje que interpretaría hasta su muerte, la mujer gruñona, con carácter, un poco atemorizadora.

Lo que pocos saben es que Emma Penella no tenía nada que ver con la vecina refunfuñona, ya que cuentan los que la conocían que era dulce, muy amable y profundamente religiosa. Tampoco saben los jóvenes telespectadores que su marido, Emiliano Piedra, fue el gran amor de su vida y por él se alejó de los escenarios para crear una familia. Conmueve oír a la actriz, ya madura, hablar del amor que sentía por su marido, cuya muerte la sumió en una depresión. En cualquier caso, ella era feliz porque se permitía el lujo de dedicarse a su gran pasión, la interpretación, y seguía contando con el apoyo del público, aunque desconocieran su pasado profesional. Así murió Emma Penella, trabajando y con una sonrisa en los labios. Descanse en paz.

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