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Número 44
20 de Septiembre de 2007

Oro Viejo

Anti-Restauración y Pro-República. Vicente Blasco Ibáñez

I. La República de 1873

II. Presidencia de Castelar

III. El golpe de Estado

IV. Después del atentado

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Año VIII - Número 44

Actualizado a 29/05/2011

Anti-Restauración y Pro-República. Vicente Blasco Ibáñez

Valencia, abril 1979.

J.L. León Roca

Portada del Libro del artista Artur Heras,

Portada del Libro del artista Artur Heras,

Era deseo de León Roca que se publicasen algunos artículos de sus libros de recopilación 'Articulos contra la guerre de Cuba' Y 'Anti-Restauración y Pro-República'. Alentados por las peticiónes de nuestros lectores pensamos que tal vez reeditáramos estos libros en cuanto tuviésemos oportunidad. Por lo que no volveremos a incidir en estos temas esperado su reedición.

Ya en los próximos números publicaremos cuentos cortos de Blasco Ibáñez leídos en las primeras 'vesperales' en La Casa Museo con el añadido de su comentario escrito para la ocasión. Es nuestro deseo alternar con otros cuentos casi inéditos del propio León Roca.

Esperamos sean del agrado de todos ustedes estas iniciativas.

Paco Carsí

PRÓLOGO

En el año 1892 Blasco Ibáñez, que poco tiempo antes había estado exilado en París, dio a la estampa una obra eminentemente política: la Historia de la Revolución Española. Con ella pretendía hacer un estudio de todo el proceso político de España durante el siglo XIX. Era un acopio enorme de material de archivo, de reseñas de los sucesos, de proclamas, de discursos, de debates en las Cortes, de manifiestos y programas políticos, así como un desfile interminable de biografías de personalidades tanto civiles como militares, que si evidenciaba las cualidades que como historiador poseía Blasco Ibáñez, mejor testimoniaba su buena cualidad de trabajador infatigable.

Con la Historia de la Revolución Española, Blasco Ibáñez seguía con fidelidad los pasos de su maestro Pi y Margall, a quien admiraba como el más sabio y consecuente de los políticos. Baste tan sólo recordar, para con ello dar testimonio de la afinidad de pensamiento que les unía y de la amistad que ambos se profesaban, que Blasco Ibáñez, desde París, aconsejaba a sus amigos que votasen la candidatura de Pi y Margall en las elecciones de enero de 1891; que Pi y Margall tenía hecha promesa de escribir el prólogo de la Historia de la Revolución Española, y que Blasco Ibáñez sustituyó a Pi y Maragall, por expresa designación de éste, en su cargo de mantenedor de los Juegos Florales de Valencia en julio de 1891.

Sabiendo de la severidad crítica con que Pi y Margall enjuicia la política española del siglo XIX, comprenderemos de donde arrancaba en Blasco la despiadada censura de un régimen al que consideraba causante de todos los males de España. No era fortuito ni casual que coincidiese en casi todos los juicios que Pi y Margall emitía sobre la monarquía. Tampoco era arbitrario que Blasco Ibáñez defendiese la forma republicana como gobierno que había de traer la dignidad y la libertad a los españoles. Así pensaba Blasco Ibáñez, defensor de la democracia, porque bebía en las mismas fuentes que su maestro.

Salvada la etapa de la influencia historicista, que fue su única experiencia como escritor, Blasco Ibáñez pudo marchar solo, tanto en la tribuna, en la que llegó a ser un verdadero orador de masas, como en el periodismo, en el que remontó cimas poco frecuentes de alcanzar. Si se desprendió de influencias externas, dando a su prosa y a la expresión de su pensamiento claridad y sencillez inigualables, de modo que todo el mundo entendió y comprendió lo que escribía, no pudo desentenderse del rigor crítico con que trataba a sus enemigos políticos.

Esa crítica aguda debió aprenderla de Pi y Margall, pues la prueba más palpable de su proximidad al maestro del federalismo, está en el capítulo con que Blasco Ibáñez termina la Historia de la Revolución Española y que titula La Restauración.

La Restauración entra de lleno en el estudio histórico de Blasco Ibáñez. A los diecisiete años de régimen restaurado, Blasco Ibáñez entonces joven de veinticinco años, hace la disección de la Restauración con la más cruda y despiadada crítica política.

Basta leer unos cuantos párrafos para comprender que el pensamiento de Blasco Ibáñez jamás se torcería, que en él latía un sentimiento muy profundo de amor a la patria y que otro sentimiento doloroso le hacía gemir por las tristezas de un porvenir que adivinaba. Si la Restauración, venía a decir, era negativa para el desarrollo de la ilustración, del progreso y de la prosperidad, lógicamente oponía lo que estimaba era la esperanza de salvación para todos: la República.

Este pensamiento tan justo como bien expresado en el capítulo La Restauración, es la suma de todo su amor y el compendio de su pensamiento como luchador de la democracia: contra la Restauración y por la República. Y este será, en definitiva, el pensamiento clave de Blasco Ibáñez durante su vida política, tanto en la etapa de propagandista como en la de los años de parlamentario.

Quizá lo que Blasco Ibáñez ignoraba al escribir el capítulo La Restauración, era que dos años después, en 1894, iba a seguir escribiendo la crítica de la monarquía. Pero no a título de historiador, sino como periodista en activo. Y no como estudioso historicista que tiene diecisiete años de campo para explorar, sino como jornalero de la pluma que a diario tenía que dar cuenta de lo que pensaba, de lo que juzgaba y de lo que zahería. Era una lucha constante en la que debía improvisar el ataque a la vista de un acontecimiento, de un discurso o de una simple frase de un político. Y de esta forma, sobre las galeradas de un artículo de fondo, Blasco Ibáñez iba dictando la historia viva de la Restauración.

He aquí reunidos por vez primera esos artículos periodísticos que forman el testimonio de una época. El periodista que los escribió fue un escritor excepcional. El pensamiento del político que inspiró y oriento el texto de esos artículos, corresponde también a un hombre de extraordinarias virtudes o cualidades. No estamos en presencia de un escritor que gusta de perfilar el estilo y de envanecerse ante el hecho de ver publicado su trabajo. Estamos ante un hombre que siente lo que dice, que lo dice de la forma más llana y corriente, pero que está convencido de la misión que tiene que cumplir: la de enseñar a sus conciudadanos, la de despertarlos a la realidad en que vivían, la de darles una conciencia que los eleve sobre la noche en la que estaban sumidos.

Cualquiera otra forma de interpretar la actitud de Blasco Ibáñez es errónea. No hay doblez en su actitud ni existe en él deseo de medro personal.

En 1894 funda el periódico El Pueblo, no con fines mercantiles, sino como portavoz de su pensamiento republicano. Si el periódico se sostuvo y prosperó, no fue, precisamente, por el contenido informativo del mismo, sino por el artículo de fondo de su director. Si la publicación alcanzó larga vida se debió a la vitalidad batalladora de Blasco Ibáñez, que supo convertir El Pueblo en un fortín, en una avanzada, en una barricada desde la que se combatía a la Restauración y se luchaba por la República.

Tanto en el libro como en el periódico, encontraremos siempre esas dos facetas bien definidas; se lucha por derribar lo existente y se propaga el ideario de la República.

Blasco Ibáñez asume desde los primeros momentos de su entrada en la política activa, la posición, ya tradicional, de los escritores del siglo XIX: la mayor parte de los novelistas se identifica con el liberalismo, con la corriente de las ideas progresistas que emanan de la Revolución Francesa. Ellos escriben sus novelas ?los difundidos folletines- con un fin altamente difusor de la política. Las novelas de folletín casi todas llevan en sí una carga social que, por otra parte, no tratan de disimular. La función del escritor a lo largo del siglo XIX es la urdir un enredo novelesco y difundir el liberalismo. Es, por tanto, un escritor políticamente comprometido.

Blasco Ibáñez revive, en las postrimerías del siglo, la vieja imagen del escritor, que es novelista de renombre popular y que es, además, un liberal, un romántico político o un hombre de ideas libres. Al participar Blasco de su doble condición de escritor y político, no hace más que seguir la tradición literaria de España. Y en este sentido Blasco Ibáñez da cumplido ejemplo de su arte como novelista y como político. Más aún, Blasco Ibáñez se arroga la tarea de difundir su republicanismo, de crear adeptos a través de la novela y del periódico.

Si en la novela alcanza la fama y la gloria que lo inmortaliza, en el periodismo consigue la admiración y el respeto de los más allegados: sus conciudadanos. Sin duda, el brillo y el resplandor de sus éxitos literarios como novelista, han dejado en la penumbra sus años como articulista aguerrido. Parte de su trabajo en el periódico como columnista veraz, son los artículos que hoy recojo en el presente volumen.

Ellos corresponden a un tiempo en que Blasco Ibáñez escribía la crítica de la historia según ésta se iba produciendo. Quien los lea podrá ir viendo el panorama político de unos años oscuros y tristes. Blasco no encontró otros sobre los que escribir. Desarrolla ante el lector todo el amplio muestrario de los errores que cometió la Restauración, así como gran número de los personajes más significativos.

Blasco Ibáñez se debate ante problemas antiguos, que parecen modernos, pues en sus críticas se censuran los principios o los fundamentos que son causa de los sucesos. Del mismo modo que, cuando habla de la democracia, de la libertad, sus palabras nos suenan a palabras dichas hoy para problemas de hoy. Y es que está emitiendo juicio sobre los principios básicos de la libertad.

Muchos de estos artículos, cuando salieron por primera vez a la luz pública en El Pueblo, sirvieron para que la gran masa de lectores aprendiese de ellos las verdades que Blasco Ibáñez jamás trató de disimular o encubrir. Más de un obrero aprendió a leer sobre estos textos. Y si esto es así, si ellos conmovieron a una ciudad y abrieron a la esperanza de una vida de justicia la conciencia de los ciudadanos, justo es que se recojan con el más noble respeto para que quede constancia de la verdadera personalidad de Vicente Blasco Ibáñez.

El hombre que, siendo un artista inconmensurable, con talla de gigante, quiso luchar contra el caciquismo, la ignorancia y la tiranía en cualquiera de las formas que se presentase, y ofrecer a su pueblo, a los humildes, a los sufridos, las verdades que hizo suyas por toda su vida, divulgando y defendiendo la justicia y la libertad. Es decir, la República.

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