Año VIII - Número 43
Actualizado a 29/05/2011
Montse Fayos

Estamos en época de luto permanente en el folclore español. Se han ido grandes voces y el último artista al que todo el país llora es el Fary, ese hombre bajito y feo que con su sencillez y buen humor cautivó a generaciones de espectadores.
La historia del Fary es la metáfora de una España que ha crecido poco a poco sin dejar atrás el poso de tradicionalismo un poco provinciano y campechanía bien entendida, a pesar de estar a la cabeza de Europa en muchos aspectos.
Nacido en el castizo barrio madrileño de Ventas en 1937, José Luis Cantero se puso de nombre artístico el Fary en homenaje a Rafael Farina, al que imitaba en la multitud de concursos a los que se presentaba. Implacable ante el fracaso, alternaba su vocación incipiente con la conducción de su taxi, hasta que en 1969 grabó su primer disco, con dinero prestado. Su carrera despegó tímidamente hasta que a partir de mediados de los 70 el Fary se empezó a hacer un hueco.
El éxito rotundo, de ventas y de aclamación popular, le llegaría con el hit Torito guapo
, que el 90% de los españoles mayores de 30 años sabe tararear y que tantas verbenas de verano ha amenizado. El Fary gestionó sus ingresos de una manera muy cañí, con coches de lujo e inversiones inmobiliarias, y nunca perdió esa sonrisa de hombre accesible y sencillo.
Su popularidad le llevó incluso a atreverse con la interpretación, ya en los 90, en aquella indescriptible serie, Menudo es mi padre
, con toques autobiográficos. Mientras nuestro país se había ido enriqueciendo y estaba creciendo en todos los aspectos, el Fary también lo hacía. En ambos casos, con ese barniz tan autóctono que hace imposible que nos igualemos a los suecos o a los alemanes, afortunadamente para nosotros.
Cuando los periódicos de todo el país abrían sus portadas con la victoria del Madrid y la vuelta del torero José Tomás, conocíamos la muerte prematura del Fary. Todo un símbolo de esa España que participa en cumbres y toma decisiones de calado internacional, pero siempre tiene guardado un disco de gasolinera y una copa de chinchón para los ratos libres.
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