Volver a la portada de este número
Arte y Libertad

Año VIII - Número 43

Actualizado a 29/05/2011

Afinidades Blasco-Sorolla, Sorolla-Blasco

Vicente Aguilera Cerni

J.Sorolla.

J.Sorolla. "Pescadores" nºinvent. 300 Museo Sorolla

?.el capítulo de los soportes que configuraron al Sorolla arquetípico de las playas valencianas queda elocuentemente enriquecido al evocar su entrañable y bien conocida amistad con Vicente Blasco Ibáñez. Pero este factor fundamental solamente adquiere pleno significado si lo relacionamos con más amplios contextos.

Como ya hemos subrayado en otras ocasiones, el Sorolla que conquistó un puesto singular en la historia del arte, forjó la plataforma de sus más personales recursos estéticos durante la última década del XIX y los primeros años de nuestro siglo. Es decir: mientras la cultura artística internacional revisaba los postulados impresionistas, viviendo el fulgurante auge del modernismo (fenómeno que supo unir a su espíritu decadentista y decorativista una nueva formulación de las relaciones entre el arte, el artesanado y la industria, en alianza con el exotismo y las nostalgias historicistas de los revivals), A este respecto, inútil es decir que Sorolla estaba augurando que iba a seguir rumbos propios, dando a la vez prueba de su independencia y de sus conexiones con corrientes igualmente válidas en el panorama de aquellos años, desde las variantes de los enfoques realistas hasta los planteamientos del naturalismo, desde las aficiones costumbristas a las transformaciones que darían salidas a la ortodoxia del impresionismo francés.

Algo insólito y detonante estaba poniendo Sorolla en el arte español de aquellos momentos, algo que solamente comprendieron intérpretes tan privilegiados como Aureliano de Beruete, que no en balde fue uno de los máximos ymás preclaros renovadores del paisajismo español.

Recordemos ?una vez más- que en 1908, Valle Inclán definía el arte de Sorolla como pintura bárbara, donde la luz y la sombra se pelean con un desentono teatral y de mal gusto. Esto, que pudiera pertenecer por derecho propio a cualquier antología del disparate, encerraba algunas indiscutibles verdades (aunque la constatación de tales verdades no implicara que su uso intencional fuera coincidente con la razón). Porque la pintura de Sorolla ya era a la sazón la victoria de la luz sobre la sombra; porque efectivamente encerraba cierta afición por lo escenográfico y porque se despreocupó con frecuencia de los dictados del buen gusto, incluso cuando más se acercó a soluciones en la órbita modernista, como sucedió en Tomando el baño (de 1905, en el Metropolitan Museum de Nueva York) y en El baño en Jávea (del mismo año, perteneciente a una colección particular neoyorquina). Definitivamente, Valle Inclán demostró cómo se puede componer una formidable mentira aduciendo acusaciones que, en principio y según lectura primaria, no eran falsas.

Sorolla era realmente un bárbaro, tanto por su increíble capacidad como por su torrencial fuerza creativa, su fata de refinamiento, y su desbordante invasión de los géneros más diversos. Y es que para él ?de temperamento más bien antiintelectualista- , el arte no era un resultado cultural selectiva y reflexivamente asumido, sino un hecho natural muchas veces dominado por la fuerza de la intuición, cosa por otra parte compatible con su excepcional dominio de los recursos. De ahí que su emplazamiento en relación con las corrientes artísticas del siglo XIX que le alcanzaron con mayor intensidad, nos lo muestran particular e igualmente conectado con el realismo, el naturalismo y el impresionismo, aunque este último constituyera en él una versión hondamente distinta de la francesa.

El Sorolla que ?según propia confesión- estaba dominado por la impaciencia creadora y por el esfuerzo para captar la realidad, concidió con la actitud naturalista porque le preocupaba mucho más el verismo que la interpretación y la intelectualización. De la postura cientifísta del naturalismo, había heredado la visión del contorno en cuanto objeto de observación. A este respecto, la personalidad de Sorolla nos hace pensar sin remedio en un Emilio Zola o en su lógicamente más afín Vicente Blasco Ibáñez. En estos casos, tanto la pintura como la novelística procuraban captar de modo directo y sin preocupaciones de estilo el paisaje natural, social y humano que les rodeaba. Y como esa captación se hacía con incalculable fuerza vital, de modo ajeno a los prejuicios y refinamientos culturalistas, el resultado daba la sensación de barbarie que escandalizaba al esteta y estilista Valle Inclán, lo mismo que le aconteció a Blasco Ibáñez con los devotos de la exquisitez.

¿Hará falta reseñar una lista de afinidades entre ambos colosos valencianos?

Los dos arrancaron de una profunda identificación con las raíces valencianas, para instalarse en alcances y dimensiones supranacionales, sin renegar nunca de sus orígenes. Los dos fueron (desde la observación de su contorno local y desde la descripción del natural) hasta un claro adentramiento en problemas sociales. Los dramas del mar y la tierra de Valencia, fueron esenciales en Basco Ibáñez. Y Sorolla pintó as consecuencias de la injusticia (!Otra Margarita!), el problema de la marginación y la caridad (!Triste herencia!), el trabajo de nuestros pescadores y la tragedia que puede abatirse sobre la clase trabajadora (!Aún dicen que el pescado es caro!). Respecto a este último cuadro, con el que Sorolla ganó primera medalla en 1895, bastará con recordar las palabras finales de Flor de Mayo: !Que viniesen allí todas las zorras que regateaban al comprar en la Pescadería! ¿Aún les parecía caro el pescado?...!A duro debía costar la libra!.

Repetiremos que Sorolla pintó su obra en 1894, presentándola en 1895. Y recordaremos que Blasco Ibáñez puso la misma fecha de 1895 a la terminación de su novela.

Pero sigamos con las afinidades. En el cuarto capítulo de Flor de Mayo, leemos: Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus puntas gruesas y romas, parecían un bosque de lanzas. Entrecruzábamos las embreadas cuerdas, como lianas trepadoras en esta selva de palos. Bajo las velas caídas en las cubiertas rebullía toda una población anfibia, al aire las rojizas piernas, la gorra calada hasta las orejas, repasando las redes o atizando el fogón, en el que burbujeaba el suculento caldo de pescado. Sobre a arena descansaban las ventrudas quilas pintadas de blanco o azul, como panzas de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.

Y los bueyes. Y la espuma de las olas. Y la arena candente. Y los velámenes deslumbrantes. Entonces, podemos preguntarnos si Blasco Ibáñez describía cuadros ?acaso todavía no pintados- de Sorolla, o si Corola pintó descripciones del novelista.

A mayor abundamiento, no estaría de más recordar que nunca hubo una ruptura total entre el naturalismo y el impresionismo. La aportación de los impresionistas consistió esencialmente en la elaboración de una técnica pictórica paralela a los descubrimientos de la física en el estudio de los colores y su funcionamiento en la visión. De otro lado estaban los avances de la fotografía para impulsar la salida de los pintores al aire libre y la precisión de captar el natural sin someterse a los dictados de la reproducción meramente fotográfica. En ese orden de cosas, también coincidieron Blasco y Sorolla. La narrativa del pintor era directa, buscando fijar la luz y el color de la reaidad. Y las descripciones del narrador estaban llenas de pinceladas valientes, rotundas y seguras, apoyadas constantemente en rasgos colorísticos.

Finalmente (y para no hacer interminable el capítulo de las afinidades), está la compartida relación entre el temperamento y la técnica, de donde les nacía a los dos la claridad, la sencillez y la eficacia. Pero esa presencia arrolladora de lo temperamental, no significó en ninguno de los dos desprecio por la estructura y la solidez del armazón interno de las obras. Lo cual se evidencia cuando vemos los dibujos de Sorolla. No pocos son estudios de composición, bosquejos de movimientos y síntesis que luego desembocarían en una apabullante sensación de facilidad. Una facilidad que ?como en el caso de Blasco Ibáñez- era, lisa y lanamente, seguridad y dominio de los medios utilizados. Unos medios que en Sorolla fueron los específicos de la pintura: el color, la luz, la composición, el dibujo?

Siendo imposible cualquier interpretación unilatera del pintor, tampoco puede negarse la esclarecedora pertinencia de la estrecha ?y hasta fraternal- vinculación que le unió con el novelista. Conviene, pues, subrayar que esa feliz identidad entre dos mitos valencianos ?yendo más allá de cuanto puedan tener de deformantes las mitologías- aporta algo sustancial e inesquivable para establecer nuestros signos de identidad y para caracterizar rasgos definitorios de la personalidad valenciana, en la compleja y siempre conflictiva evolución de la historia.

El arte de Sorolla ?pluridireccional por su fecundidad- logró su más alta definición precisamente en lo que tuvo de valoración y plasmación de datos ?geográficos, humanos, sociales- específicamente valencianos, universalizándolos sin adulterios. De ahí nacieron su lenguaje luminista, su caudaloso verismo, su comunicabilidad, su energía, su nervio popular, su deslumbramiento?.

Enviar a un amigo Imprimir