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Arte y Libertad

Año VIII - Número 43

Actualizado a 29/05/2011

EVOCANDO A JOSE LUIS LEÓN ROCA DESDE LA VENTURA DE MI SILENCIO

Ubaldo G. Visier

José Luis León Roca. foto: archivo

José Luis León Roca. foto: archivo

No por repentina pude asumir tu muerte, pues creí que la realidad habría de tener una respuesta más pausada, más aparentemente lógica según mis propias vivencias; Pero, pese a todo, José Luis, te fuiste siguiendo los estertores de la primavera del año 2007, dejándome en absoluta orfandad humana, artística y literaria. Por ello, mi entrañable amigo y maestro, me he quedado con el corazón en declive y el llanto aflorando en torrentera por esos ojos que tanto te admiraban y tanto te querían al reflejo de tu humildad y sapiencia. No obstante, bien pudiste esperar un mínimo de tiempo razonable, aún viviendo ya los noventa años de tu vida, solamente por regalo fervoroso a quienes ? con permiso de lo divino ? quedamos, aún plenos de ilusiones y en mengua de número, como devotos de tu trascendental figura y ánima; porque, bien mirado, ¡ Vaya faena nos has hecho con tu tránsito, José Luis...! Aunque, eso sí, sin pretender hacernos daño, pues no cabría otra consideración si pensamos levemente que todo tú eras un prodigio de bondad.

A tu recuerdo, y ya franqueando lo anecdótico, me transportan múltiples situaciones en extremo gratas al verte ? nunca atrapado por las Parcas - en lo real de tu existencia. Son imágenes que me oprimen el cerebro porque todas quieren aflorar con expansivos acentos y delicados reflejos donde se retratan nuestros viejos amigos Amadeo Gámiz Royo, Salvador Chanzá y Felipe Ruiz ?

¿Te acuerdas? Ya son finitos; igual que tú, José Luis... Muchas veces compartimos mesa allá en El Cabañal y en el coqueto y entrañable Bar Asturias,, donde, a la buena de Dios, surgían nuestras conversaciones, respetando siempre los perfiles humanos y cantando, en cierto modo, las virtudes inherentes a cada uno de nuestros colegas en los menesteres literarios y artísticos ? que arte también se aprecia, y no poco, en la facundia literaria-.

Nuestras comunes salidas, ora en lo vocacional, ora en lo puramente de oficio ? porque fuera de lo primario tú te afanabas como relojero-, no eran infrecuentes en los empeños que abordábamos donde entre relojes, y en la calle Ribera, teníamos nuestros respectivos acomodos para expresar las anécdotas y consideraciones más vanguardistas de la vida diaria, donde siempre abundó, sin pretenderlo en tu recato, pero en aliento de tu memoria prodigiosa, el argumento más cautivante de tu sabiduría histórica y ciudadana, porque te alimentaste también de aquellos selectos embajadores que el Ayuntamiento te enviaba con frecuencia para recibir lecciones de tu siempre latente y bien notoria documentación como el mejor blasquista habido en el orbe.

Con el paso de los años, y conforme aumentaba nuestro afecto, acaso por egoísmo ? porque bien pude conocer tu valía- te requerí para que ocuparas ciertas tribunas donde, a la sazón, habrían de intervenir poetas y escritores de singulares méritos en sus trabajos, siendo hoy muchos de ellos destacadas figuras de las letras valencianas.

Jamás me negaste tu concurso cuando hube de menesterlo en cualesquiera actos sociales o literarios siendo mi propio presentador en ocasiones o incluso Jurado fiel de los certámenes de Castilla- La Mancha...

Ha pasado el tiempo, José Luis. Yo pude conocerte hace veinticinco años y aunque se me antoja impreciso este espacio que ha marcado nuestro trato y nuestro afecto, quiero que sepas que, sin citar tu ejecutoria y tus méritos ?que bien se celebran en nuestros ambientes-, he sido para ti como ese perrillo fiel que se nutría tan solo del cariño de su propio amo.

Descansa en paz por siempre, amigo mío.

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