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Arte y Libertad

Año VIII - Número 43

Actualizado a 29/05/2011

"Los mercenarios"

Vicente Blasco Ibáñez

El Pueblo, 14 agosto 1896

Lo ocurrido en estos días al director de La Justicia de Madrid, da exacta medida de la moralidad de esta situación.

Aquí, cuando un periodista denuncia un abuso, cuando levanta una punta del velo hipócrita con que se cubren los negocios sucios, ya se sabe el remedio: se lleva el periodista a la cárcel.

La nación necesita hombres que vayan a defender su integridad en la manigua cubana, carne dócil y obediente, no para recibir las balas de los emboscados y el machete del insurrecto, sino para que la pudran con su hálito mortal sobre los camastros de los hospitales, esas fiebres antillanas que auxilian a Gómez y a Maceo más eficazmente que la protección de los yankées. No basta ya la juventud obrera arrancada al campo y al taller entre los dolorosos alaridos de la madre y el hondo pesar del viejo obrero, que se echa en cara con desesperación la honrada pobreza que no le permite poseer el puñado de billetes que libra a su hijo de la muerte; no es suficiente pasto para el infierno de la Antilla ese rebaño gris que, sombrío y resignado sale de los cuarteles con dirección a los puertos y desde la popa de los trasatlánticos dice ¡adiós! A España; es ya necesario acudir al apoyo del hombre que vende su cuerpo, a la recluta voluntaria, al abanderamiento de lo más peorcito del país, de la espuma infecta que sobrenada en los más misteriosos y oscuros rincones de la sociedad.

Alguien habrá que voluntariamente, poseído por el entusiasmo, se deje arrastrar por la recluta y lleve en sí el germen de un héroe, pues aquí lo único que no hemos perdido con el transcurso del tiempo es la recria de valientes; pero la mayoría de esos soldados que compra la patria van allá impulsados por el hambre o la holgazanería, y bien pudiera suceder, como indican algunos periódicos, que con la recluta, lo que se haga es enviar refuerzos a la insurrección.

Pero dejando aparte la valía de ese reclutamiento, lo censurable es que haya servido para un negocio sucio, como sirve aquí todo cuanto se inicia en las alturas del gobierno. Las empresas particulares, pensando tal vez en que sólo se trata de enviar gente a Cuba para hacer bulto y que las enfermedades tengan donde cebarse, en vez de reclutar hombres vigorosos y útiles, han echado mano de niños y viejos, haciéndolos pasar como aptos, merced a esos procedimientos de unto que sirven aquí para dominar los engranajes administrativos.

Esa guerra de Cuba, por extraña contradicción, al par que es la ruina de la patria sirve de enriquecimiento a los merodeadores de la desgracia nacional. España se arruina, pero Comillas, con sus trasatlánticos, gana millones; los potentados de Cuba que residen en la Península ven garantizadas por las armas y la sangre de los pobres la posesión de los ingenios o señoríos feudales que heredaron como valioso resumen de las rapiñas de sus antecesores; y ahora, para generalizar el negocio se hacen ricos los traficantes de carne humana, los negreros con autorización, que recorren las tabernas donde albergan los vagos, o las plazas donde pasean su hambre y sus brazos desalentados los obreros sin trabajo; y a unos con el vino que enloquece y a otros con seductoras mentiras que turban, los conquistan para que pasen el mar y mueran por la nación, que paga tal sacrificio con una cantidad, de la cual sólo una exigua parte llega al bolsillo de la víctima.

Siempre han dado fatales resultados las guerras en las que ha habido necesidad de acudir a la recluta voluntaria, al auxilio mercenario, a los brazos comprados con dinero.

Para la defensa de la integridad nacional lo primero que se requiere es entusiasmo; que la juventud sin distinción de clases sociales corra a las armas como en la epopeya de la Independencia. En cualquiera de nuestras luchas políticas, en los movimientos revolucionarios o en las guerras carlistas, ha habido más abnegación y entusiasmo que en el presente.

Ahora que se trata de la conservación de Cuba, sólo van allá entre lágrimas y consternación los forzados reclutas, las víctimas de su pobreza o los que se venden por desesperación o por vicio. En las clases poderosas, en las que viven entre riquezas, no se ve el menor intento de sacrificio ni se registra el ejemplo de un solo individuo que, abandonando el regalo de su existencia, vaya a pelear en la manigua.

¿Nada significa para el gobierno esta indiferencia general?

¿No le dice claramente que para terminar esa guerra hay que buscar medios distintos a los de enviar a la muerte la flor de la juventud y perder los más valiosos bienes de la nación?

El Pueblo, 14 agosto 1896

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