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Arte y Libertad

Año VIII - Número 43

Actualizado a 29/05/2011

"Cargamento de carne"

Vicente Blasco Ibáñez

El Pueblo, 31 octubre 1896

La prensa de toda España ha hablado estos días con indignación del último vapor de la Trasatlántica llegado a Cádiz conduciendo enfermos de Cuba.

Parte el corazón leer las tristes descripciones del aspecto que ofrecía el mísero cargamento de carne humana.

No es bastante que el pobre que carece de dinero para redimirse tenga que ir a exponer su pecho a las balas, mientras otros, por su afortunado nacimiento, permanecen tranquilos en sus casas; no es suficiente el peligro de caer en el lecho de un hospital, víctima de las fiebres tropicales, si es que su vida la respeta el plomo enemigo; les queda a los infelices predestinados un tormento más que sufrir: el de regresar a la Península en un buque de la Trasatlántica como enfermos incurables.

Enflaquecidos, medio desnudos, sufriendo toda clase de necesidades, amontonados en el fondo de lúgubre y asfixiante sollado como los negros iban en las entrañas del bergantín negrero, han llegado a Cádiz los pobres defensores de la patria a bordo de un buque de esa Trasatlántica, empresa jesuítica que podía chapar de oro toda su flota con el dinero que le ha sacado a la nación española y el que le sacará.

¿Es que aquí no hay justicia ni se oyen las lamentaciones de los infelices? ¿Es que el patriotismo de los monárquicos consiste en ser accionistas de esa compañía y aprovecharse de las desdichas del país para proporcionarla escandalosos negocios?

Ese vergonzoso ejemplo de inhumanidad que acaba de presentarse en Cádiz coincide con la protesta que hace poco formularon en Santander algunos soldados recién llegados de Cuba.

Los buques de Comillas son un verdadero infierno de dolores y privaciones para el pobre soldado que regresa de Cuba, llevando en su cuerpo la herida que le inutiliza o la fiebre que le mata lentamente, como indeleble muestra de haber servido a la patria.

Cada soldado cuesta a la nación un precio respetable, y sin embargo, el infeliz enfermo que necesita de los más asiduos cuidados, como un rancho de fideos y garbanzos, brebaje infernal, bueno para perros; el tísico no tiene otro aire que respirar que el infecto y nauseabundo de la cala; los doloridos inválidos se ven arrojados de la cubierta a las entrañas del buque porque arriban estorban en todas partes; el sediento tiene que pagar un vaso de agua fuera de las comidas al precio que cuesta un helado en los mejores cafés de España; el dependiente de la Trasatlántica, tomando ejemplo de sus superiores, cree que le asiste la facultad de explotar al licenciado, sacándole hasta la última peseta de sus ahorros por permitirle mezquinos alivios a los que tiene derecho, ya que el estado paga espléndidamente por él; y lo único que sostiene al infeliz, lo que le permite resistir tantas fatigas y humillaciones y comunica a su debilitado cuerpo momentáneo vigor, es el deseo de volver a contemplar las costas de la patria, de esa patria por la cual ha dado la vida, y en cuyo nombre le explotan jesuitas sin conciencia.

Esos soldados que vuelven a España desnudos como salvajes, amontonados como bestias y explotados como esclavos, son la mejor demostración de que aquí tras la guerra se oculta el negocio, y a la sombra de las desdichas españolas se enriquecen los dueños de la situación: los judíos que prestan y los jesuitas que monopolizan todos los servicios del Estado.

En la presente ocasión, lo que indigna a las personas de recto criterio y carácter independiente, más que el crimen de lesa patria de los españoles que se alzan en armas en las colonias, es la hipocresía de los que al amparo de la religión explotan aquí en la Península nuestras desgracias.

Los frailes filipinos, a los que el general Blanco acusa como principales autores de la insurrección del archipiélago, se dan aires de personajes influyentes, alcanzan al amparo de nuestras desgracias una importancia que jamás tuvieron; sus procuradores en Madrid conferencian con Canovas con tanta superioridad cual si fuesen embajadores de temibles potencias, y Polavieja, un general que va a allá con el propósito de acabar rápidamente la insurrección, en vez de reunir una junta de militares profundamente conocedores de aquel país, pide consejo a un capítulo de representantes de las órdenes monásticas, como si aquí el hábito blanco o pardo fuese el distintivo del Estado Mayor y el uniforme militar el traje de los que cantan misa.

Pero esto no pasa de ser ridículo.

Lo de la explotación jesuítica es más grave.

Comillas lleva cobrados, ad majoren Dei gloriam millones de duros por los transportes de la guerra de Cuba, y sin embargo, las expediciones de soldados y enfermos son cargamentos inhumanamente realizados, que servirían de lección a los antiguos negreros de Guinea.

El que en sus barcos entra haraposo se queda desnudo; el sediento se muere de sed; el hambriento, si no tiene dinero, se contenta con un rancho de agua sucia; y es que semejantes a los sacristanes que a fuerza de quitarles el polvo a los santos se familiarizan con ellos y concluyen habándoles de tú, esas gentes que se enriquecen y negocian a la sombra de la Iglesia, a fuerza de tutearse con la religión católica, acaban por olvidar las obras de misericordia.

El Pueblo, 31 octubre 1896

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