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Arte y Libertad

Año VII - Número 42

Actualizado a 29/05/2011

Manaut, paisajista

M. Corachán

En los últimos años varias han sido las ocasiones de aproximarnos a la obra del pintor de Lliria. Ahora, de nuevo, y hasta el 30 de junio, pueden acercarse a la exposición que la Asociación de amigos del pintor Manaut acaba de inaugurar en su sala de la calle Santa Amalia, 2 (frente al Pont de Fusta). Allí podrán ver la faceta paisajística del artista en una selección de cuadros de un realismo subjetivo, sin duda influenciado por las corrientes postimpresionistas, en la que se mezclan los paisajes y las escenas de costumbres, con estampas típicamente valencianas, como las Torres de Serrano, la playa de la Malvarrosa o el Palmar, junto a paisajes de Nápoles, Madrid, Toledo, La Varenne, el Monasterio de Piedra, los Picos de Europa...

La muestra hace un recorrido que empieza con sus pinturas de los años veinte y termina en las últimas realizadas por el pintor en 1970, poco antes de su muerte ocurrida en 1971. He de confesar que el Manaut que a mi más me gusta es el de esas pinturas de interiores, el de los retratos o el de los paisajes en que, como en esas vistas de Brujas, su paleta está más contenida, donde los colores sienas y grises predominan sobre esos verdes o azules -que casi podríamos denominar agresivos- que suele emplear en muchos de sus paisajes. Pero, sobre todo me interesa la serie de dibujos, y de óleos, que el pintor realizó a su paso por las distintas cárceles en las que estuvo internado cerca de dos años tras la Guerra Civil, y en la que el artista plasma con sus creaciones la crónica histórica de la vida cotidiana en aquellas cárceles franquistas de los años 40. Por eso los dos cuadros de la exposición que más me gustan son ese Viejo labrador, de 1917, cuya camisa blanca, azada al hombro y rostro sonriente resaltan sobre un paisaje luminoso de verdes apagados y cielo blanquecino dentro del estilo costumbrista valenciano de los Benlliure; y esa panorámica de un canal de Brujas, pintada en 1924, con sus casas de techos escalonados que, reflejadas en el agua del canal, tan bien representan ese ambiente de tranquilidad que se respiraba de la ciudad norteña y, como él mismo escribió, el gran silencio que lo rodeaba todo.

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