Año VIII - Número 43
Actualizado a 29/05/2011
?El Pueblo?, 3 abril 1895
Vicente Blasco Ibáñez
Van embarcándose en nuestros puertos los nuevos batallones que se envían a Cuba.
Los vapores de la Trasatlántica cargan carne española; nervios y músculos robados a la patria, a la producción nacional para dar pasto, no a las balas de los enemigos de España, sino a las terribles enfermedades del mortífero clima antillano.
No censuramos al gobierno conservador por las medidas que adopta para reprimir la insurrección cubana; es más, nos parece muy bien ese interés que muestra por acabar la guerra cuanto antes; pero nos parece que atiende con mayor predilección a hacer en plazo breve un gran alarde de fuerzas, que a la conveniencia y seguridad de los soldados que allá se envían.
Habla el gobierno de enviar hasta 100.000 hombres a Cuba... ¿Para qué? Cuando se ha de combatir a enemigos fuertes, numerosos y compactos que presentan verdaderas batallas, se comprende el envío de un ejército tan numeroso, cuyo solo traslado costaría millones de duros, pero teniendo que reprimir una insurrección de guerrillas, teniendo que combatir a partidas microscópicas en un país que sólo permite operar en pequeñas columnas, resulta más pernicioso aun embarcar grandes masas que no enviar refuerzos.
Cien mil soldados enviados a Cuba sin la preparación necesaria y con el deseo de ocupar de pronto toda la isla, representa más de 20.000 llenando los hospitales a los pocos días, para ir por fin el cementerio.
Las fuerzas que hoy existen en Cuba, con algunos refuerzos, son suficientes para batir la insurrección.
¿Qué ésta va creciendo? Pues entonces el peligro que hay que combatir no está en la manigua, sino en el mar por donde llegan las expediciones que engrosan las filas de los filibusteros, por donde se envían las armas y municiones destinadas a herir los pechos españoles.
El mismo gobierno, a pesar de mostrarse tan pesimista, confiesa que la insurrección tiene poco arraigo en la isla y que la inmensa mayoría de los naturales que simpatizaban con los insurrectos en la pasada guerra, quieren ahora paz y tranquilidad que favorezcan sus negocios.
Esto, pues, demuestra que si la insurrección quedase aislada, si se cerrase el camino del mar y no pudiera recibir refuerzos de los comités revolucionarios que funcionan en los Estados Unidos, no tardaría en extinguirse como una luz falta de ambiente.
Lo que el gobierno debe pensar, en vista de estos antecedentes, es en enviar buques y no soldados.
Todos los barcos de guerra que en la Península sólo sirven de adorno en nuestros puertos, deberían ser despachados para Cuba, donde seguramente, vigilando las costas, harían más contra la insurrección que todos los combates en la manigua, infructuosos y que sirven a los separatistas para aleccionarse en la traidora guerra de guerrillas.
Si el gobierno no cuenta con suficientes cañoneros, ármense barcos mercantes de todo calado, lo que resultará menos costoso que el envío de grandes expediciones de tropas.
Lo que importa es bloquear estrechamente las costas de Cuba; que en las provincias sublevadas no quede una legua de litoral libre de la vigilancia de nuestros buques, y de este modo la insurrección, falta del apoyo necesario, que es lo que la hace vivir, no tardaría en extinguirse.
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