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Arte y Libertad

Año VIII - Número 43

Actualizado a 29/05/2011

¿A quién aprovecha?

"El Pueblo!, 11 de octubre de 1895

Vicente Basco Ibáñez

El ¿qui prodens? Que se oculta en estos tiempos tras todos los actos políticos, puede aplicarse también a las desgracias de la patria.

Terrible es para España la guerra que sostiene en Cuba; sacrificios sobrehumanos y torrentes de sangre nos cuesta el mantener la bandera nacional en aquella isla; verdadera Barataria, a la que han ido a enriquecerse todos los Sanchos más o menos maliciosos de la restauración; pero tras < tantas desdichas, también se ocultan magníficos negocios, y cabe decir imitando al latino:

¿A quién aprovecha la guerra de Cuba?

Aprovecha a los bolsistas sin conciencia, que, partidarios fanáticos de la baja, esperan con ansiedad un cataclismo nacional y hacen votos para que nuestros soldados perezcan en espantosa derrota y sean macheteados a miles para poder ellos pescar millones en el pánico que tales hecatombes producen en la Bolsa.

Aprovecha a los jugadores de alta alcurnia y bien relacionados, que tienen parientes en los altos puestos de Cuba y reciben las noticias antes que el gobierno, lo que les permite ponerse al alza con tiempo, explotando inicuamente las victorias que tan caras cuestan a nuestro ejército y el heroísmo de esos reclutas que han de volver inválidos a la Península, sin que el negociante enriquecido a costa de sus sacrificios se digne darles una limosna.

Y aprovecha especialmente a los hombres de la situación, a los encargados de nuestra fortuna nacional, que con los empréstitos pueden favorecer a sus amigos del extranjero, a esas grandes casas de crédito que no creen en la conciencia por lo mismo que no han tropezado nunca con ella en sus asuntos y que, conocedoras de los hombres saben remunerar espléndidamente a los que les proporcionan los negocios.

Bien sabemos que estos males no son privilegio exclusivo de España.

Existen en otras naciones, y sin ir más lejos en la vecina Francia, donde la prensa de oposición ha denunciado escandalosos negocios que se hacían con motivo de la guerra que la República sostiene en Madagascar.

Pero allí, al menos, también existe el remedio. Denúncianse grandes abusos en Francia, más grandes si se quiere que los de España, pero apenas los periódicos enemigos del gobierno los lanza a la publicidad, búscase por las autoridades y por la opinión la certeza de las denuncias, y si resultan ciertas, los culpables son castigados sin tener en cuenta su posición, y la pena aumenta si para el delito se valen de su representación oficial.

Pero aquí es muy diferente; ante todo está el guardar las formas y las consideraciones sociales.

Los castigos y atropellos se han hecho para la gentecilla de poco más o menos; para los obreros que enloquecidos por el hambre se declaran en huelga y gritan en las calles; para los estudiantes que protestan al ver violada la libertad de la cátedra y son apaleados en los claustros de una Universidad; para los periodistas que osan señalar los mil defectos de esta situación política; pero en cambio, diarios de gran circulación que se publican en Madrid, han sdicho que cierto marqués, gran amigo de Martínez Campos, recibía con notable adelantoi telegramas de Cuba y en un mes ganaba en la Bolsa tres o cuatro millones de pesetas, y esta es la hora que no se ha hecho nada para poner en claro dicha denuncia.

Y si aquí la opinión fuese tan independiente y enérgica como en otras naciones; si la prensa tuviese más libertad, ¡qué de cosas sabríamos!, ¡qué escandalosos negocios saldrían a la superficie!

Vayan tranquilos los infelices reclutas a morir en Cuba. Su triste suerte podrá sumir en eterno dolor a sus familias; pero que se consuelen al conocer que su muerte sirve para algo.

Al principio de la guerra sabían que su heroico sacrificio servía para conservar una fuente inagotable de riqueza a todos los personajes arruinados, a todos los sablistas de buen porte que durante el presente siglo, gracias a los protectores políticos, han ido a Cuba a robar escudados tras la credencial.

¡Oh, la gloria militar! ¡El prestigio del héroe!

Que le vayan a cualquiera de esos hábiles negociantes, hablándole del laurel guerrero, y contestará que la patria es una excelente empresa para hacer dinero, y que en cuanto al laurel, sólo resulta aceptable en el estofado.

Esa juventud española que tan briosamente se bate por la patria, ignora que tras ella, aunque separado por inmensa distancia, marcha un tropel de personajes y personajillos que a guisa de merodeadores que siguen a un ejército para entregarse al pillaje, recogen los frutos óptimos que da el duelo regado por la sangre del soldado.

Falta quien imitando a Napoleón en Egipto, abra los ojos a ese ejército de héroes y les diga señalando los centros de corrupción financiera que existen en la Península:

- Desde las cumbres de esas Pirámides, cuarenta mil ladrones os contemplan.

El Pueblo, 11 octubre 1895

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