Año VIII - Número 43
Actualizado a 29/05/2011
El Pueblo, 31 agosto 1895
Vicente Blasco Ibáñez
El pueblo no quiere la guerra
Late en el corazón del pueblo el sentimiento de la justicia, y por eso detesta y maldice la guerra de Cuba.
Los españoles ?digámoslo para regocijo de las almas nobles que reprueban la guerra entre pueblos hermanos, porque constituye un acto bárbaro de lesa humanidad- no irían a Cuba a matar hombres si les fuese dado romper esa ley que esclaviza la voluntad y convierte al ser pensante en máquina que se mueve al antojo del que la dirige.
No; si no existiese el temor a una ley opresora llena de terribles castigos para los que se alzan contra ella, pese a las bendiciones del Papa y a los discursos de los belicosos mitrados que consagran un acto de matanza y exterminio, rebelándose contra los preceptos del fundador de su religión, Jesucristo, que predicó paz y amor entre los hombres, el pueblo, con el mauser de su elocuencia dispararía al azar de los que preconizan la guerra de Cuba, esta expresión popularísima:
Que haga la guerra el Nuncio.
No iría, no, nuestro pueblo cual rebaño de bestias a sufrir los latigazos de un clima envenenado para el europeo, donde es preferible el macheteo del mambis a los horribles sufrimientos que producen la fiebre y el vómito, ni continuaría un solo día persiguiendo enemigos por entre las espesas selvas de la manigua, si tuviese libertad de acción para obrar por cuenta propia.
¡El honor nacional! Figura hueca que se emplea para deslumbrar a los pueblos que viven en las sombras de la preocupación y no tienen idea del derecho y de la justicia.
El honor nacional no se funda en el pueril empeño de sujetar a los débiles con férreas ligaduras, imponiéndoles la ley de la servidumbre.
El honor nacional, filósofos mantenedores de lo absurdo, no tienen fuerza de ley para despoblar una nación y arruinarla sólo por el puro placer de jactarse de fuerte.
El pueblo ruso es el más fuerte entre todos los del mundo por el número de sus bayonetas, lo cual no le impide ser el más esclavo.
La República Helvética, en cambio, que no vive en pie de guerra, goza todos los beneficios de la libertad.
Millones de hombres en Francia y en Alemania, naciones en donde los reaccionarios del progreso alientan el odio de razas, combaten la brutal teoría que dignifica la destrucción de los pueblos por medio de la guerra.
El pueblo, en todas partes, para bien de la humanidad, empieza a romper el estrecho círculo donde se le hacía vivir, y agitándose en el más vasto horizonte, comienza a ver claros los horrores que se derivan de esas luchas del amor propio, que cual reminiscencia de épocas bárbaras en que la razón era la fuerza, domina aún, y aboga por otro orden de cosas más atemperado a la justicia.
Por eso al presenciar el embarque de tropas realizado estos días y oír las voces que salían de entre filas maldiciendo una ley que les obliga a matar a sus semejantes, contra los cuales no sentían el impulso del odio y del rencor, que determina a verter sangre, y al escuchar también las angustiosas quejas de los seres que enfrente del mar miraban cómo se les arrebataba la carne de su carne para llevarla al matadero de Cuba, crispando los puños de rabia y de dolor porque no poseían fuerzas para detener al trasatlántico, adquirimos una certidumbre que remitimos al Nuncio para que la trasmita al Papa:
'El pueblo no quiere la guerra'
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